
José Mª Nasarre, doctor en derecho, es profesor y vicedecano en la U. Zaragoza pero, sobre todo, asesor de las federaciones española y aragonesa de montaña y director del Master en derecho de los deportes de montaña pasó por el Aula Estadio Aretoa para tratar el conflicto actual entre el uso deportivo y las políticas prohibicionistas de los espacios naturales y para mostrar, con ejemplos, que la solución está en la regulación basada en el conocimiento.
El progresivo interés por montañas olvidadas por las que sólo se adentraban los contrabandistas, los guerrilleros y unos pocos deportistas convirtiéndolas en objetivo turístico y una forma para afrontar un desarrollo rural después del abandono parcial o total de la agricultura y la ganadería hizo que ayuntamientos y comunidades autónomas promocionaran el acercamiento de los habitantes de la ciudad a las despobladas montañas.
Sin embargo, José Mª se sorprende cuando “esas mismas administraciones que ingenian reclamos para acercar visitantes a las montañas, un día deciden que se han pasado promocionando bellos lugares naturales y limitan el acceso a las cumbres por motivos de conservación poniendo a las personas aficionadas a la montaña en una situación muy difícil para practicar su afición: donde realizaban sus actividades antes de la promoción turística y cuando casi no había nadie, es declarado espacio natural protegido, sufriendo los efectos de una norma legal que achica, reduce, su terreno de juego deportivo como en el senderismo, la escalada, el barranquismo… La montaña, su terreno de juego, no es libre y el montañero siente que le restringen el uso cuando para otros usos no o, ante la presión insostenible, todos los visitantes son iguales y la prohibición es total. Es necesario recolocar al montañero en su terreno de juego.
Ante el conflicto entre disfrute y conservación del medio ambiente –en España hemos pasado en 30 años de 12 parques naturales a 1.600 espacios protegidos con una complejidad normativa enorme- se dan casos absurdos de prohibición como en el Teide, las hoces del Cabriel, el glaciar del Monte Perdido, en Ordesa, Aigues Tortes, o Grazalema o de buenas prácticas de regulación, basadas en estudios científicos y con la participación del asociacionismo montañero, como en el Mulhacén, Goriz, Atxarte, regulación escalada.
Para José Mª “es clave el diálogo con la administración ambiental para regular antes que prohibir y para alejar el coche y agrandar la montaña”.
