
Tras una ligera ascensión, dejando atrás las hayas, robles y espinos con muérdago, alcanzamos el cortado donde pudimos admirar las espectaculares paredes del cañón. Siempre cresteando entre ráfagas de viento y buitres planeando nos acercamos hasta el cauce seco del Nervión. El salto, desgraciadamente, carecía de agua, pero el vertiginoso desplome nos asombró una vez más.
Comimos en una de las restauradas loberas que recuerdan la ancestral práctica local para cazar lobos. Finalmente, continuamos por la cresta hasta llegar al puerto de Orduña, donde completamos una jornada que nos dejó muy buen sabor de boca y seguramente alguna agujeta que otra.
